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Archivo de Arquitectura PUCP – Fondo Documental VELARDE
La historia de Lima está definida por una pérdida sistemática de su identidad arquitectónica, representada sustancialmente por su patrimonio construido. Marta Cisneros Velarde señala que la destrucción de la identidad puede observarse en distintos periodos de la historia del Perú. Desde la Colonia, los españoles intentaron someter las huacas y templos de Lima, mientras que, en la Independencia y la República, se buscó borrar todo rastro de la herencia virreinal (Cisneros Velarde 2015). A inicios del siglo XX, surgió un debate sobre el rumbo que debía tomar la ciudad en cuanto a su identidad, ya que enfrentaba un proceso de expansión y modernización que ponía en peligro las construcciones históricas junto con sus técnicas constructivas tradicionales. En este contexto, el arquitecto Héctor Velarde asumió un rol crucial al defender tanto la tradición como la modernidad como elementos fundamentales para el desarrollo de la identidad arquitectónica.
En el año 1940, un terremoto de gran magnitud dejó en ruinas una parte significativa del Centro Histórico de Lima (CHL). El sismo representó un punto de inflexión en la discusión sobre la identidad arquitectónica de la ciudad, pues aceleró una destrucción que ya se venía desarrollando. Tras el desastre, la opinión pública rechazó los materiales tradicionales, como el adobe, en los proyectos de reconstrucción para volcarse a la intensificación de los procesos de modernización urbana. El presente ensayo explora la participación de Héctor Velarde en la reconstrucción de Lima, con énfasis en su relación con la arquitectura en adobe y su intervención en la restauración de la iglesia de San Pedro en 1945.
El punto de partida es el texto “The Adobe ”, publicado por Velarde en 1937, que, en primera instancia, podría interpretarse como un manual de técnicas tradicionales con tierra. Sin embargo, Velarde lo asume como un relato humorístico donde, a través de la perspectiva de un académico europeo, resalta la importancia del adobe en la identidad arquitectónica limeña. La publicación de “The Adobe” en un periodo de modernización sugiere un claro interés por reivindicar el uso de este material.
El conocimiento que Velarde tenía sobre técnicas tradicionales le permitió profundizar el uso de materiales antiguos en su obra. Sin embargo, no es sino hasta el terremoto de 1940 que realmente emplea estas técnicas con el propósito de reconstruir el casco histórico limeño. Su primera obra en este contexto es la restauración de la iglesia de San Pedro, un edificio de gran valor para la ciudad debido a su continua función como espacio de servicio religioso y comunitario. El hecho de intervenir un edificio sacro ratifica el compromiso de Velarde con la preservación de la identidad arquitectónica limeña.
Si bien existen registros de las obras en las que Velarde participó durante la etapa de reconstrucción de edificios históricos, no se han hallado documentos técnicos o planimetrías que demuestren el alcance real de sus estrategias reconstructivas. La falta de información sumió a esta investigación en constantes cuestionamientos. No se tenía certeza sobre si Velarde aplicó materiales tradicionales respetando la lógica estructural original o si, por el contrario, se ajustó a las nuevas normativas impuestas en el contexto post-terremoto. Esta investigación busca en parte responder a esas dudas.
Existen estudios previos sobre Velarde enfocados en la conservación del patrimonio y la restauración de la iglesia de San Pedro. El presente análisis se vale de los propios escritos y proyectos de Velarde, con las ventajas de acercarse a una perspectiva personal. La meticulosa obsesión de Velarde por recopilar en tomos información relacionada con su obra y temas de su interés hizo posible comprender su visión e idiosincrasia, mantener un orden cronológico de sus aportes e ideas y contextualizarlos conceptualmente de manera más precisa.
El aprecio de Héctor Velarde por el CHL se consolidó en 1928, cuando se estableció permanentemente en la ciudad. Previamente, había culminado sus estudios en la École Spéciale des Travaux Publics (ESTP) de París. Fue justamente en Francia donde tuvo un primer acercamiento a la reconstrucción patrimonial preparando planos para habilitar regiones del norte del país devastadas por la Primera Guerra Mundial.
Velarde llega a una Lima marcada por un clima agitado de constantes cambios vinculados a la modernización que ponen en peligro las construcciones tradicionales. Muchas de ellas son demolidas bajo el pretexto del crecimiento y el progreso. Velarde publica, entonces, “Hacia un nuevo estilo en Arquitectura” (1930), uno de sus primeros escritos acerca de la importancia de conservar el patrimonio construido. Velarde menciona que la arquitectura de un lugar es el reflejo de sus costumbres; por lo tanto, la destrucción del patrimonio arquitectónico, más allá del hecho físico, significa la pérdida de la memoria histórica y social.
Los edificios del movimiento moderno, que transformaron la escala urbana de la ciudad limeña, son posibles debido al surgimiento del concreto armado. Para Velarde la llegada del nuevo material, con sus específicas técnicas constructivas, representa inicialmente una amenaza para la continuidad de las técnicas tradicionales con materiales locales. La arquitectura que resulta de su uso, inspirada en la función y la máquina, buscaba la sencillez a través de la simplificación de la forma, pero solo conseguía, a su parecer, dejarnos en la pobreza arquitectónica (Velarde 1930).
Gran parte del casco histórico limeño poseía una arquitectura propia, resultado de un proceso de colisión del Antiguo Perú con el Perú Virreinal. Sus construcciones compartían una materialidad y unos métodos constructivos tradicionales que respondían exclusivamente al contexto limeño. Como recurso que se produce localmente en respuesta a las condiciones climáticas del entorno, el adobe refleja, para Velarde, la identidad limeña.
Si bien Velarde se mostró siempre partidario de la producción de arquitectura mediante materiales propios del contexto, no es hasta “The Adobe” que consolida este pensamiento.
Como adelantamos, el texto, de tono humorístico, expone el imaginario europeo sobre el material y explica paralelamente las razones de su uso en las construcciones limeñas. Velarde introduce el adobe desde una lógica constructiva teórica y presenta los pasos para su elaboración. Así, lo posiciona como un material relevante equivalente a los reconocidos por la academia europea.
—Sí, señor, en el Perú se construye con unos grandes bloques de tierra que se colocan unos sobre otros y que se llaman “adobes”. Primero escogen la tierra, luego se echa agua, después un poco de excremento de caballo o burro, y el todo es amasado por los pies desnudos de unos cuantos nativos, hasta que se produce un barro compacto y latigoso. Una vez hecha esta operación, se forma el adobe. El barro se amolda en espesos paralelepípedos. Estos paralelepípedos se exponen días enteros al sol para que se sequen y endurezcan. Cuando están endurecidos…
—¡Basta! —exclamó Mister Russel— ¡Esto es una burla! ¡Aquí no admitimos bromas!
Carlitos fue expulsado del “Engineering Technical School”.
¿Por qué Mister Russel tomó como una falta imperdonable de respeto la inocente exposición de Carlitos sobre el adobe? (1937: 14)
Velarde presenta dos personajes que encarnan las corrientes de pensamiento de inicios del siglo XX en torno al uso de materiales. Mr. Russel, un académico británico, representa la mentalidad de muchos limeños que tenían dificultades para aceptar que un material vernáculo podía ser empleado en construcciones de gran envergadura. Las empresas cementeras que promovían el concreto armado como símbolo de modernidad reforzaban esta percepción. En contraste, Carlitos y Mr. Bullton dan voz a la postura conservacionista de Velarde que defiende la continuidad del uso de materiales tradicionales en la construcción.
La trama sigue la investigación de Mr. Russel, quien, tras una estancia en una casa tradicional de Barranco, busca comprender las razones de la existencia del adobe. Velarde estructura su relato como una narración en la que inserta extensas citas de Mr. Russel con connotación negativa acerca del material. Mr. Russel describe sus componentes, que involucran elementos de origen “primitivo” como tierra, arcilla y caña. Lo curioso es que, a medida que describe el adobe, no puede dejar de hacer notar algunas de sus virtudes. Esto hace que su crítica sea ambigua. Mr. Russel, por ejemplo, destaca que el material “impone la estructura, impone la forma y en la forma está la belleza” (1937: 15). Sin embargo, al no poder encajar el adobe en los cánones de belleza europeos, menciona que la única solución sería ocultarlo, aunque el precio sea la falsedad:
No hay otra solución que taparlo para que no se vea. Vestirlo con algo para que parezca algo. Ponerle un traje que imite a la piedra, el ladrillo, el hierro, la madera, cualquier cosa. Ese traje es el yeso, el buen yeso que se amolda a todo, y luego la pintura, que puede representarlo todo. Y viene una arquitectura de telón, una comedia de materiales en que el propietario tiene el papel principal (15).
Mister Russel señala que uno de los principales factores detrás del uso del adobe en Lima es el clima.
El adobe es un producto exótico y primitivo derivado de condiciones climatológicas, regionales, étnicas, extraordinarias; falta absoluta de lluvia y absoluta seguridad de que no llueva nunca, enorme abundancia de tierra seca, existencia de cuadrúpedos domésticos y presencia de paredones prehistóricos. Esos paredones están hechos con esa tierra, con esa seguridad sobre la hidratación del aire y con la ayuda de esos cuadrúpedos, en una palabra, con adobe. Las condiciones atmosféricas, geológicas y paleontológicas de este lugar parecen no haber cambiado. La tradición es muy respetable. El adobe subsiste, se justifica aun sociológicamente y es la base de una arquitectura pintoresca y única. Se ha prohibido, sin embargo, como variación progresista en este sistema constructivo, toda una técnica especial sobre la selección de la boñiga. El empleo del humus animal ha desaparecido (15).
El relato apunta a la importancia del contexto en la arquitectura, no solo a partir del clima, sino también considerando un entramado de factores sociales, culturales y económicos. De este modo, vincula la correcta elección de materiales a la comprensión de estas condiciones, para sostener que la verdadera belleza arquitectónica radica en su integración. Este equilibrio permite el desarrollo de una identidad arquitectónica propia. El texto culmina con una conversación que presenta, quizás, una conciliación entre la tradición y la modernidad. Velarde se inclina hacia un pensamiento conservador pero también reconoce la necesidad de una evolución en la técnica.
—Ha olvidado Ud. la razón provincial del adobe. No deje de enseñarla en Londres. Sepa Ud. que todas sus teorías están subordinadas a un solo factor real, efectivo, único, ¡el factor económico!
Mister Russel miró el panorama desde la cubierta del “Oropesa” y murmuró:
—El día que llueva o tiemble la tierra, Lima será un río de lodo o una nube de polvo. Dios no entiende de ciertos negocios… (16).
La industrialización en el Perú produjo grandes desplazamientos de personas del campo a la ciudad. La necesidad de construir nuevas edificaciones para albergar grandes cantidades de personas era evidente. La respuesta fue fortalecer la implantación de estilos arquitectónicos internacionales. En este contexto, Velarde gestiona junto con otros grandes arquitectos un debate sobre el rumbo que deberían tomar las construcciones del CHL. ¿Preservar el legado del Virreinato o desvincularse de todo lo relacionado a la Conquista? ¿Adoptar el nuevo movimiento arquitectónico alineado con las tendencias internacionales y prescindir de cualquier búsqueda interna?
El 24 de mayo de 1940, la ciudad de Lima fue sacudida por un terremoto de gran magnitud, estimado en 7,9 en la escala de Richter. Se trató del sismo más fuerte experimentado por la capital en el siglo XX. El terremoto, comparado con el devastador terremoto de Lima de 1746, tuvo un impacto significativo en el Callao y CHL. Silgado (2009) señala que el 38% de las casas de quincha fue afectado, así como el 23% de las construcciones de adobe. Los daños incluyeron 20% de edificaciones de ladrillo, 9% de cemento y un 10% de construcciones con otros materiales.
A las 11:35 minutos de la mañana de hoy, se produjo en Lima un fuerte movimiento sísmico de grave intensidad y de duración prolongada. A esa hora un sordo rumor anunció la llegada del fenómeno, el que continuó con extraordinaria violencia, hasta sacudir las paredes de los edificios. Segundos más tarde era fácil advertir cómo las molduras, cornisas y aplicaciones, se desprendían de las casas para caer con impresionante estrépito. A la vez se levantaba una polvareda, consecuencia del material arrancado de las construcciones de quincha y tierra. La población sorprendida por el recio temblor se echó a las calles. En pocos instantes las aceras y calzadas fueron literalmente invadidas por las familias que salían de sus residencias en busca de refugio. Los jardines y avenidas anchas sirvieron de lugar de espera (El Comercio, 24 de mayo de 1940, p. 1).
El CHL resultó severamente afectado, sobre todo las construcciones hechas con materiales como el adobe y la quincha, que en el mejor de los escenarios sufrieron grandes daños estructurales. Las construcciones con valor histórico —iglesias, casonas y edificios públicos con siglos de antigüedad— quedaron hechas polvo. Por otro lado, las pocas edificaciones que ya se habían realizado en concreto armado lograron resistir el movimiento sísmico. El pensamiento colectivo colocó al adobe y las técnicas constructivas tradicionales como principales culpables de la catástrofe de 1940. Rápidamente se puso en debate la elección de materiales tradicionales para la reconstrucción de la ciudad.
Muchos arquitectos y urbanistas promovieron la demolición de estructuras coloniales y la adopción en concreto y acero de modelos arquitectónicos modernos inspirados en el racionalismo europeo y el funcionalismo estadounidense. Se plantearon, de hecho, nuevas normativas para reforzar la infraestructura. En su intento por preservar el patrimonio arquitectónico del CHL, Velarde planteó soluciones para mejorar la resistencia sísmica del adobe sin renunciar a su valor cultural.
En última instancia, el terremoto de 1940 puso punto final al debate que se había estado desarrollando sobre las características que debería tener la arquitectura limeña. La opinión se inclinó por la utilización masiva del concreto armado como alternativa apropiada para la construcción de esta nueva etapa de Lima. La mayoría de los limeños abogaban por soluciones modernas.
En los años siguientes, Lima continuó expandiéndose y transformándose, pero las consecuencias del sismo se mantuvieron presentes a través de la ejecución de proyectos de reconstrucción de los edificios históricos. El movimiento telúrico de 1940 no solo cambió la fisonomía de la ciudad, sino que impactó en la percepción del patrimonio construido.
Héctor Velarde comprendió que el sismo significó la aceleración de la destrucción de la identidad arquitectónica del CHL. Tras el desastre, Héctor Velarde fue entrevistado por El Comercio. Explicó la destrucción desde un punto de vista arquitectónico y trató de dar respuesta al colapso de las construcciones de adobe.
—“El día que llueva o tiemble la tierra, Lima será un río de lodo o una nube de polvo. Dios no entiende de ciertos negocios…”.
—Ud. lo ha visto, nos dice finalmente el arquitecto Velarde, Dios no entiende de ciertos negocios.
La iglesia de San Pedro de Lima, construida en el siglo XVII, es una de las edificaciones religiosas más tempranas e importantes de las fundaciones jesuitas en Hispanoamérica. La Compañía de Jesús concentró el mayor de sus esfuerzos para que tuviera el mayor parecido a la Iglesia Madre de los Jesuitas, el Gesù (1568-1580) de Roma. Sus altas expectativas por convertirla en un hito para la Ciudad de los Reyes se vieron cumplidas, ya que la edificación asumió un rol central en la vida limeña debido a los diversos servicios, educativos en su mayoría, que prestaba a la comunidad.
En los siglos siguientes, a pesar de las vicisitudes como la expulsión de los jesuitas y los diversos sismos, el templo logró conservar su estatus. Según diversos historiadores, la edificación ha presentado dos intervenciones categorizadas como serias. La primera es la realizada entre los años 1894-1897 por Eulalio Morales, que abandonó el carácter colonial para adoptar un clasicismo indescifrable. Vargas Ugarte calificó la renovación como “un estilo indefinible” (Varios Autores 2018) y José de la Riva-Agüero planteó una crítica aun más dura: “San Pedro ha perdido las redondas y macizas torres berninescas y ofrece a las miradas con provocativa insolencia una fachada angulosa de triste hibridismo” (Bailey 2018).
La segunda intervención, cincuenta años más tarde, es la emprendida por el propio Héctor Velarde tras el sismo del 24 de mayo de 1940. Para entonces, la iglesia presentaba una infraestructura de muros de adobe y quincha, pues después del terremoto de 1746 los jesuitas adoptaron estos materiales para alivianar la estructura e intentar hacerla más flexible ante los movimientos telúricos. Por los propios estragos del tiempo, el templo mostraba, además, fisuras y gran deterioro en las estructuras de madera del techo. Velarde declara en esos días para El Comercio que, aun siendo un material autóctono con una tradición milenaria, el adobe sigue siendo poco conocido y requiere investigaciones para perfeccionar su empleo.
El terremoto mismo dejó en estado crítico la iglesia de San Pedro. Las bóvedas colapsaron, se comprometió la estabilidad de muchos de los muros de adobe y el ornamento sufrió enormes daños. Velarde y otros especialistas realizaron un diagnóstico estructural antes de la reconstrucción:
[…] el informe emitido por los ingenieros señores Emilio Harth-Terré, Héctor Velarde y Alberto Ureta del Solar, quienes consideran imprescindible proceder a la demolición de la expresada torre por las ranuras que se ha producido en su estructura por los movimientos del terremoto del 24 de mayo. También indican la forma como debe producirse la demolición y los trabajos de refuerzo en el primer cuerpo y en la base que forman los muros de la iglesia y debe ser inmediatamente reconstruida, aprovechando los elementos gráficos de la ornamentación y restableciendo la arquitectura del tercer cuerpo, tal como la tuvo cuando en el año 1774 fuera reconstruida y que se conservó hasta el incendio de fines del siglo pasado que destruyó parte del tercer cuerpo. De esta arquitectura quedan documentos fotográficos, los cuales pueden ser debidamente aprovechados (El Comercio 1940).
Las altas expectativas puestas en la reconstrucción de un patrimonio icónico, además del rechazo hacia las técnicas tradicionales suscitado por el sismo, sumieron al proyecto en un fuerte debate. La pregunta era si la iglesia debía mantenerse fiel a sus materiales originales o, por el contrario, debía adoptar el concreto armado para ofrecer una mayor resistencia sísmica. Velarde declara en El Arquitecto Peruano que asumirá un enfoque conservador a la vez que detalla todas las intervenciones internas y externas que implementará. Su declaración, sin embargo, no especifica si usará exclusivamente técnicas constructivas tradicionales, lo que deja abierta la posibilidad de combinarlas con soluciones modernas.
La reconstrucción de Héctor Velarde descarta la realizada de 1894 a 1897, prioriza las intenciones originales de los jesuitas y establece una fachada que se asemeja a la del Gesù en busca de recuperar la esencia barroca original. La decisión aumentó la confusión en la población, recibió objeciones en la asociación del templo y generó el descontento de muchos pensadores e historiadores conservadores. También motivó rechazo dentro de la comunidad arquitectónica, pues la visión de Velarde contrastaba con el concepto de restauración de época, ceñido a la última versión del edificio. En efecto, es sencillo afirmar que el planteamiento de Velarde es nebuloso, y hasta cierto punto contradictorio, debido a su postura intermedia entre respetar la esencia histórica del templo y aplicar su visión de lo que debería ser la iglesia.
No era posible, pues, restaurar el templo de San Pedro cometiendo conscientemente graves errores de arquitectura y de gusto. Si observamos una fotografía de la iglesia anterior a 1896 […] nos damos cuenta exacta de la pesadez y rusticidad de esas torres que no tienen mucho que ver con la rigurosa arquitectura vignolesca de la parte baja. La solución no podía, pues, ser histórica, relativamente histórica en este caso, sino principalmente arquitectónica (Velarde 1944).
Sin embargo, el interés del arquitecto por privilegiar las intenciones iniciales que dieron forma a la iglesia jesuita podría alinearse, con un matiz más suave, con las ideas de restauración de la actualidad.
Velarde realiza un esfuerzo por comprometerse con la lógica estructural de la iglesia. Con el tiempo, sin embargo, se revelaron las deficiencias de sus métodos de restauración. En el contexto peruano, la conservación y la restauración de construcciones históricas son una disciplina técnicamente nueva, aunque existiera en la época un Consejo Nacional de Restauración y Conservación de Monumentos Históricos. Sus encargados han sido, en su mayoría, arquitectos que asumían la tarea como un proyecto de diseño que podía o no respetar al original. Recién a partir de 1964 la restauración fue sometida a los principios rigurosos que establece la Carta de Venecia elaborada ese mismo año. En ese aspecto, la influencia del arquitecto Víctor Pimentel Gurmendi fue determinante. Pese a todo, la intervención de la iglesia de San Pedro de 1945 resulta pionera en lo que respecta a restauraciones de arquitectura histórica.
La postura conservadora de Velarde en la reconstrucción de San Pedro resulta hasta cierto punto ambigua, ya que, como vimos, no fue del todo claro respecto de la elección de sus materiales. Hay que recordar que Velarde había dicho lo siguiente: “Que la arquitectura de adobe sea realmente arquitectura de adobe, la de quincha de quincha, la de ladrillo de ladrillo, etc., y que este arte tremendo sea hecho por arquitectos vigilados y no por gente de gusto suelto” (1940). Por el contrario, hay evidencias del uso concreto armado como refuerzo en las zonas más afectadas. Esta decisión compromete el pensamiento formal de Héctor Velarde respecto del método constructivo.
La hibridez de técnicas constructivas fue replicada en posteriores reconstrucciones de casonas en el Centro Histórico. Años después, Aldo Lértora retomó el trabajo realizado por Velarde en San Pedro y llevó a cabo un análisis exhaustivo de su reconstrucción. Como resultado, propuso ajustes centrados en las cúpulas con el propósito de aligerarlas y dotar de mayor estabilidad a la estructura. Al implementarlos, Lertora destacó el esfuerzo de Héctor Velarde por devolver a la iglesia su espíritu original.
BAILEY, Gauvin Alexander
2018 “La arquitectura de la iglesia de San Pedro en Lima”. En Varios Autores, San Pedro de Lima. Iglesia del antiguo Colegio Máximo de San Pablo. Lima: Banco de Crédito del Perú.
CISNEROS VELARDE, Marta
2015 “La ciudad de Lima bajo la mirada de Héctor Velarde: 1930-1960”. En Textos-Arte, vol. 3, pp. 174-193.
HAYAKAWA CASAS, José Carlos
2010 Restauración en Lima: Pasos y contrapasos. Lima: Fondo Editorial de la Universidad de San Martín de Porres.
PRADO HEUDEBERT, Javier
1996 Lima. Arquitectura y escultura religiosa virreinal. Lima: Ignacio Prado Pastor.
SILGADO, Enrique
2009 Sismos en el Perú: Historia y análisis. Lima: Instituto Geofísico del Perú.
SUÁREZ TREJO, Javier Teófilo
2022 “La pirámide invertida: Sobre el eclecticismo medial de Héctor Velarde”. En H-ART. Revista de Historia, Teoría y Crítica de Arte, año 1, N° 10, pp. 155-174. Disponible en https://doi.org/10.25025/hart10.2022.06.
VARIOS AUTORES
2013 Héctor Velarde. Arquitecto y humanista. Lima: Fondo Editorial de la Universidad de Lima.
2018 San Pedro de Lima. Iglesia del antiguo Colegio Máximo de San Pablo. Lima: Banco de Crédito del Perú.
VELARDE, Héctor
1937 “The Adobe”. En El Arquitecto Peruano, Lima, N° 5, pp. 14-16.
1939 El circo de Pitágoras. Lima: Compañía de Impresiones y Publicidad.
1940 “Bramante ha estado en Lima”. En Turismo. El Comercio, abril. Fondo Documental VELARDE, Archivo de Arquitectura PUCP.
1942 “Bloqueo y arquitectura”. En El Arquitecto Peruano, N° 62, p. 36.
1944 “Algo sobre la restauración de San Pedro”. En El Arquitecto Peruano, N° 80, p. 20.
1945 Proyecto de restauración de la iglesia San Pedro (Informe técnico). Lima. Archivo Prolima.
1946 “Una Lima que se cae”. En El Comercio, Lima, 20 de noviembre. Fondo Documental VELARDE, Archivo de Arquitectura PUCP.
1971 Itinerarios de Lima. Guía de monumentos y lugares históricos. Lima: Asociación Artística y Cultural “Jueves”.
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